viernes, 4 de febrero de 2011

El Osario



EL OSARIO

―Mucho se ha especulado sobre el lugar donde ella vivió, murió y regresó a la vida, aunque poco se sabe que sea cierto. La prensa volvió locos a los ciudadanos durante mucho tiempo, fabulando e inventando mil historias sobre su figura. La acusaron de hechicera y tantas cosas más que apenas puedo recordarlas... 

***

El día ha llegado. En realidad ustedes son los primeros que van a tener la posibilidad de visitar el lugar. Vean y juzguen con sus propios ojos. La ronda es gratuita, ¡invita la casa! ¡no se les ocurra parpadear! ―Afirmó el anciano mientras se dibujaba una mueca maliciosa sobre su rostro esperpéntico y sacaba las llaves del bolsillo de su mugrienta americana granate.

―Sin duda será un placer tener ocasión de visitar el verdadero lugar donde sucedió todo ―respondió Frank lanzando una mirada de complicidad a su prometida, que se mostraba entusiasmada y le brindó una sonrisa. Frank llevaba toda una vida especializado en traumatología, y había leído mucho sobre aquel caso, que se había convertido con el tiempo en una leyenda.

El anciano clavó su mirada desafiante sobre él y sonrió.

―Bienvenidos al teatro del horror, les aseguro que después de ver esto será tal la impresión recibida, que no saldrán de su asombro. También les prometo que no recordarán nada. Imaginen por un instante que es posible grabar a fuego imágenes sobre sus mentes. Su marca les quemaría tanto, les produciría tal dolor... Ese es por decirlo de algún modo, un lejano reflejo de lo que sentirán hoy. Les advierto que todavía están a tiempo de volver atrás y desistir, pero una vez dentro ya no podrán ―.

No les hizo falta nada más que otra mirada de complicidad para preguntarse si optarían por hacerse atrás.

―Estamos preparados ―Afirmó Frank.

El anciano los guió hacia el interior de un callejón de la ciudad. Sus pasos lentos y sigilosos se fundían bajo el manto de la noche. La lluvia no cesaba. Algunas ratas bebían de los charcos reflejando su morro prominente en ellos.

Llegaron al final del callejón y descendieron por una escalera de piedra que los condujo hasta un entresuelo. Frank rozó con la punta de sus dedos la fría piedra de las paredes como si quisiera arañarlas y un escalofrío repentino recorrió todo su cuerpo. Al mismo tiempo que lo hacía, el anciano empujó una puerta metálica que emitió un chirrido estridente. En la parte superior aparecía colgada en el centro, una placa dorada donde podía leerse: “Doctora Annabel L. Traumatóloga”. De pronto, un intenso olor a humedad impactó sobre las fosas nasales de todos ellos. Al anciano aquel hedor no pareció afectarle, sin embargo la mujer sintió náuseas, y no tuvo más remedio que agarrarse al brazo de su pareja con fuerza para evitar caer de bruces al suelo.

El interior presentaba el aspecto de una consulta médica cualquiera, aunque algunos detalles indicaban que no lo era. La sala, de unos cuarenta metros cuadrados, tenía dos ventanas rectangulares de dimensiones reducidas cerradas por unos cristales ocultos tras unas cortinillas de color gris tupidas recubiertas de mugre. En el centro del espacio observaron una camilla cubierta por una sábana repleta de sangre reseca. A su lado, una mesa rectangular de patas metálicas sobre la que se disponían instrumentos quirúrgicos oxidados, algodón y una jeringuilla que parecía haber sido usada. Al fondo de la estancia se levantaba un enorme mueble de madera pintado de blanco con dos puertas de cristal. Su interior dejaba a la vista diversos útiles de enfermería y un sinfín de botes de cristal de diversos tamaños que contenían huesos animales y humanos. Habían sido clasificados según su procedencia: “brazos”; “cabeza”; “pies”…

―Annabel Lorey nunca fue una persona común. Creció en una familia sin recursos y muy desgraciada. Sus padres, que tuvieron problemas con el alcohol y las drogas, la rechazaron desde muy pequeña a causa de su aspecto físico; pues era bien diferente a las niñas de su edad. Sus huesos tenían un tamaño inferior al corriente e impedían su desarrollo y crecimiento, a ello se sumaba una piel pálida cómo el mármol y el inusual color de su cabello blanco como la nieve.

Desde muy pequeña Annabel sintió predilección por el estudio de los huesos. Su padre, que había sido médico, no había podido hacer nada por curar su enfermedad, tan solo estudiarla y ella se obsesionó por comprenderla hasta la saciedad. Le gustaba leer los libros que su progenitor guardaba en la casa hasta que llegó un día en que no pudo hacerlo. Sus padres decidieron encerrarla en el sótano de su propia vivienda. Le propinaban brutales palizas cuando iban bebidos. La niña, carente de todo afecto, iba alimentando día a día odio hacia ellos y una violencia incontenible. Cada vez que bajaban con intención de pegarle la encontraban royendo huesos de rata o comiendo insectos que encontraba en el suelo del sótano. Ella los miraba con indiferencia sabiendo lo que le esperaba, y se limitaba a contarles historias en un tono de voz muy alto para no oír sus voces, mientras se le ocurrían mil maneras de matarlos y pensaba cuál de ellas sería la mejor. A veces les aseguraba que muchas noches acercaba su oído al suelo y al otro lado podía escuchar a los muertos susurrándole que algún día vendrían a por ellos y los matarían si no lo hacía antes ella misma. Pero iban ebrios y apenas la escuchaban.

―Conozco esa historia, la leí en la prensa. Una noche, ella misma los degolló con un fragmento de vidrio de la ventana del sótano y logró escapar ―afirmó Frank con seguridad.

―A pesar de todo lo que les he explicado, Annabel Lorey siempre trató a sus pacientes con cortesía y respeto cuando entraban en su consulta la cual tienen el privilegio de estar visitando. Annabel, ayudada por un joven cuya identidad nunca se supo, se hacía pasar por traumatóloga. Al entrar una visita la hacía pasar con amabilidad, rogando a su ayudante que saliera de la sala, y le interrogaba sobre su dolencia. Poco después, pedía que se tumbara sobre la camilla y ataba sus extremidades con correas a ella. Elegía un instrumento: gubias; tijeras; pinzas de hueso; martillo quirúrgico…y se lo mostraba al paciente, sin que este fuese capaz de imaginar que con ese mismo instrumento iba a torturarle antes de acabar con el.

En esta misma camilla martirizaba hasta el extremo a sus víctimas y después clavaba sus colmillos en distintas partes de sus cuerpos hasta desangrarlas. Finalmente, separaba la carne de los huesos y conservaba estos últimos en los botes de cristal que habéis visto.

-¿No les parece fantástico poder observar tanta variedad: huesos de niño; de ancianos; de jovencitas…¿no les deleita el olor de los ungüentos que ella utilizaba para embadurnar los huesos?-

Al escuchar aquello la joven pareja se miró aterrada. De repente la puerta metálica de la consulta se abrió de par en par chocando contra la pared y ambos palidecieron dirigiendo su mirada hacia ella. Solo había sido un golpe de aire. Al girarse de nuevo, el anciano había desaparecido. De pronto sintieron un intenso dolor en el cuello y cayeron desplomados sobre el suelo.

―Ya les advertí que no recordarían nada…susurró una voz seguida de una risilla nerviosa.

Reacciones:

2 comentarios:

  1. Me has puesto los pelillos como escarpias...
    Besos, Cris ;)
    Te enlazo a Karyûkai.

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  2. Excelente, Cristina,
    Ha sido un corto de lo más intrigante. Tu desenvoltura en este género me ha sorprendido. Felicidades.

    Un fuerte abrazo,
    Mián Ros

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